La máscara de una flor. Cap 2

Cap.2

Nadie hubiera dormido con tal monstruo de una manera tan cercana. La furia del machista pareciera eterna y ella lo sabía, que abrazaba a uno de ellos. Alina amaneció en el mueble de la sala sin pegar un ojo, dándole vueltas a un problema que en su cabeza no cabía y que todos los nudos de esa noche fueron más apretados para no poder aflojar la soga.

Una mañana muy diferente a la de las parejas normales; no había café, ni despedidas. La mala vibra chocaba con las paredes del hogar de una mujer que deseaba solamente ser feliz, pero se le impedía.

—Hoy no iré a trabajar—dijo, Santos mientras busca algo de comer en la despensa— Espero que te portes bien.

Santos se sienta en el sofá justo al lado de ella., mientras se bebe un vaso de jugo.

—Alina, lo que pasó ayer…—se queda callado por un momento— Sabes lo estresado que me pongo y creo que a veces me subes los problemas en la espalda.

—Eres un hombre muy cínico. El problema de los hombre como tu es que sus errores los entregan a otros y culpan y culpan sin fijarse que el error está en ellos mismos.

—Pero búscate otro hombre Alina, cuál es tu afán? —dijo mientras se paraba del sofá y la miraba.

—No digas lo que algún día no te gustaría ver.

Que difícil es querer ser el refugio de una persona. Lo difícil de querer vivir en felicidad por la eternidad y que las olas vayan en tu contra. Para uno parecería que Alina no quiere salir de tanto dolor, pero ella no tiene donde anidar. Ese mismo día fue de encontronazos porque la frase “no digas lo que algún día no te gustaría ver” a Santos le formó una picazón que encontraba cualquier excusa para las peleas.

Alina y Laura una amiga de años, tuvieron una conversación sobre el tema vía whatsapp y concluyeron con muchas cosas.

—Lau, ya yo no se qué hacer, ni como comportarme ni de qué forma llorar.

—Alina, le buscaremos una solución y saldremos de esta juntas…

—Anoche a el solo le faltó darme golpes.

—El te ha dado antes?

—No.

—Salgamos el sábado Laura, así botas el estrés.

—Te avisaré.

Lo que Laura no sabía era que ya Santos tenía la costumbre de pegarle. Que ya los años de dolor eran muchos y que el soportar tanto ya era difícil.

En el momento en que se sostenía esa conversación por chat llega el señor de los paquetes y Alina debía atenderlo. Santos llama para que ella lo atienda y el entra a casa. Ella con total confianza deja el teléfono encendido sobre la mesa y Santos mientras entra lo ve y comienza a revisarlo. Toda la conversación entre Laura y Alina fue leída. Ese momento fue pertinente para iniciar un problema nuevo.

—Que sea la ultima vez que nuestros problemas personales los tires a la calle—junto a esas palabras le da una bofetada.

—¡Coño! Tu me tiene jarta… tú no me escuchas y encima de eso me maltratas cuánto tiempo tiene que durar esto…—Llora sin parar y se aleja de el.

Santos con la furia que lo sucumbe rompe el celular de Alina y le dice:

—¡El sábado la casa no se puede quedar sola, amaneceré en el trabajo! —le dice gritándole.

La gente creció con la idea fantástica de tenerle miedo a los monstruos; nos enseñaron a tenerle miedo al monstruo del closet o al que estaba debajo de la cama. Sin embargo, nadie nos enseñó a tenerle miedo a los seres humanos. Nadie se sentó con una guía de protección, a decirnos cómo cuidarnos de la maldad de los demás y del sufrimiento que nos pueden causar nuestros iguales. Cada ser humano tiene un enemigo cerca y no es pura fantasía.

Escrito por Albert Peguero

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